Bilad As-Sudan o Bilad Al-Sudan es, de hecho, una denominación árabe. Es de tener en cuenta que el nombre África, en un principio, fue usado por los romanos para referirse a una zona concreta del norte de África. Posteriormente, los autores y geógrafos musulmanes utilizaron el nombre Ifriqiya, “África”, para referirse principalmente a la región costera que comprendía partes de las actuales Argelia, Túnez y Libia, vinculada a la antigua provincia romana de Africa.
De hecho, Bilad As-Sudan significa convencionalmente “Tierra de los negros” o “Tierras de los negros”. El término Sudan está relacionado con el árabe aswad, “negro”, pero debemos tener en cuenta que su significado histórico no correspondía exactamente a nuestra concepción moderna de “negro” como categoría racial. En las sociedades musulmanas medievales, estos términos podían tener significados mucho más amplios y variables dependiendo del autor y del contexto.
Bilad As-Sudan hacía referencia principalmente a las regiones del África occidental situadas al sur del Magreb. Los geógrafos musulmanes lo situaban aproximadamente desde Takrur, en la región del actual Senegal, hasta la cuenca del lago Chad y Kanem. Por ello, no sería correcto identificar automáticamente Bilad As-Sudan con todo lo que hoy denominamos “África subsahariana”.
Este punto es especialmente importante. Como explica Isaac Samuel en su artículo “The colonial myth of ‘Sub-Saharan Africa’ in medieval Islamic geography: the view from Egypt and Bornu”, publicado en African History Extra en 2024, los geógrafos musulmanes medievales empleaban diferentes términos para las distintas regiones del continente africano y no utilizaban un concepto equivalente al moderno “África subsahariana”. Bilad As-Sudan era utilizado principalmente para el África occidental, mientras que otras regiones recibían denominaciones diferentes. Artículo de referencia en African History Extra
Así, Etiopía y Eritrea eran conocidas como Bilad Al-Habasha, “tierra de los Habasha”, mientras que la región del valle medio del Nilo era conocida como Bilad Al-Nuba, “tierra de los nubios”. Por su parte, la costa del África Oriental era conocida como Bilad Al-Zanj, “tierra de los Zanj”.
Por tanto, no significaban exactamente lo mismo. No estamos ante diferentes formas de decir “África subsahariana”, sino ante denominaciones geográficas y etnográficas que identificaban diferentes regiones y pueblos africanos. Ibn Jaldún, por ejemplo, fue cuidadoso a la hora de distinguir entre los habitantes de Habasha, los Zanj y los Sudan, señalando que cada denominación tenía su propio ámbito geográfico.
También es interesante observar que algunos autores utilizaron el término Sudan de una manera mucho más amplia. Al-Jahiz, por ejemplo, utilizó el término para referirse a numerosos pueblos africanos y también a otros pueblos fuera de África, mientras que Ibn Qutayba incluyó entre los pueblos de los Sudan a nubios, Zanj, Zaghawa, Habasha, coptos egipcios e incluso bereberes. Esto demuestra que Sudan no puede interpretarse simplemente como equivalente de la moderna categoría racial de “negro”.
Por lo que estamos ante un término que es, fundamentalmente, una designación etnogeográfica, cuyo significado podía variar dependiendo del autor y del contexto.
Y aquí encontramos algo especialmente importante: el Sahara no fue necesariamente una frontera absoluta que separara dos mundos completamente diferentes. Las relaciones entre el norte y el oeste africano fueron constantes durante siglos. Comercio, peregrinaciones, diplomacia, conocimientos, manuscritos, personas e ideas atravesaban el desierto.
Para los grandes geógrafos e historiadores de los siglos IX y X, como Al-Yaqubi, Al-Masudi y Al-Bakri, Bilad As-Sudan evocaba una referencia a poblaciones de piel oscura, pero también a una región situada al sur del Sahara que poseía importantes sociedades, reinos, rutas comerciales y riquezas.
Y aquí aparece uno de los aspectos que más fascinación despertó entre los escritores y viajeros musulmanes: el oro.
El África occidental estaba vinculada a las grandes rutas caravaneras que atravesaban el Sahara y conectaban sus sociedades con el Magreb, Egipto y el resto del mundo islámico. Reinos como Ghana, Takrur y Kanem, y posteriormente grandes imperios como Mali y Songhai, formaban parte de un mundo político y económico mucho más complejo de lo que durante mucho tiempo se ha transmitido desde determinadas visiones externas sobre la historia africana.
Refinadas cortes, poderosos reyes y emperadores, rutas caravaneras, mercados, centros de conocimiento y un auténtico El Dorado después del ardiente desierto, lugar al que tanto se tenía admiración, considerado exótico y, para algunos, cercano como lejano.
Pero, obviamente, no hay que omitir que algunos autores también tenían prejuicios e ideas estereotipadas sobre determinados pueblos africanos. Las fuentes medievales no fueron homogéneas y encontramos en ellas tanto admiración, curiosidad y respeto como prejuicios, jerarquías y estereotipos.
Precisamente por eso debemos tener cuidado a la hora de interpretar estas fuentes. No debemos sustituir los antiguos prejuicios por otros modernos ni proyectar sobre las sociedades africanas medievales nuestras actuales categorías de raza, nación o geografía.
El concepto moderno de “África subsahariana”, por ejemplo, puede ser útil en determinados contextos geográficos actuales, pero no debemos proyectarlo hacia atrás como si hubiese sido una categoría utilizada por los africanos y geógrafos musulmanes de la Edad Media. Como señala Isaac Samuel, los geógrafos musulmanes utilizaban términos mucho más concretos como Sudan, Nuba, Habasha y Zanj, y las relaciones entre estas regiones no se entendían necesariamente como una separación rígida entre un supuesto “Norte” y un supuesto “Sur” de África.
De hecho, las relaciones entre sociedades como Egipto y Bornu muestran una realidad mucho más conectada. Gobernantes, peregrinos y estudiantes africanos viajaban hacia Egipto; los estudiosos de África occidental estudiaban en centros como Al-Azhar; y las obras de autores egipcios y norteafricanos circulaban posteriormente por África occidental. Estamos, por tanto, ante una historia africana conectada, no ante dos mundos aislados por el Sahara.
Bilad As-Sudan nos permite comprender, en definitiva, cómo determinados autores musulmanes medievales describieron una parte de África y a sus habitantes. Pero también nos permite observar cómo los términos geográficos cambian de significado con el paso del tiempo y cómo las categorías modernas pueden alterar nuestra percepción del pasado.
Por eso, cuando hablamos de Bilad As-Sudan, no estamos simplemente ante una antigua manera árabe de decir “África negra” o “África subsahariana”. Estamos ante una denominación histórica, geográfica y etnográfica que principalmente identificaba el África occidental situada entre Takrur y la cuenca del lago Chad, dentro de un continente africano que estaba profundamente conectado mediante rutas comerciales, culturales, políticas e intelectuales.
Y quizá esta sea una de las cuestiones más interesantes: África no necesita ser descubierta por las fuentes externas para tener historia. Las fuentes árabes, africanas, africano-musulmanas, egipcias, nubias, etíopes y muchas otras nos permiten reconstruir un continente lleno de sociedades complejas, intercambios, conflictos, conocimientos, reinos, imperios y culturas.
Estudiar estos términos no consiste únicamente en conocer su etimología. También consiste en comprender cómo los propios africanos y quienes estuvieron en contacto con ellos describieron sus sociedades, y en evitar que las categorías creadas posteriormente terminen sustituyendo a las realidades históricas.
Referencia: Isaac Samuel, “The colonial myth of ‘Sub-Saharan Africa’ in medieval Islamic geography: the view from Egypt and Bornu”, African History Extra, 11 de febrero de 2024. Consultar artículo original
Investigación personal y elaboración: Oumar Xavier
A través de África
Difusión de la historia africana desde una perspectiva africana, con rigor histórico y sin sesgos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario