miércoles, 26 de diciembre de 2018

Alfonso I de Congo



Sin duda, la historia africana está llena de grandes figuras, desde los faraones de Egipto hasta los soberanos de Nubia, Mali, Songhay y los zulúes, entre muchos otros. Cada uno dejó su huella en la historia. Hoy hablaremos de uno en particular.

El Reino de Kongo fue un importante estado de África centro-occidental, surgido antes de la llegada de los portugueses a la región. En su periodo de mayor extensión, llegó a abarcar territorios que actualmente forman parte de Angola, la República Democrática del Congo y la República del Congo.

mapa del reino de Congo de 1754 reproducción de una carta de 1708 de los territorios dominados por Alfonso I. colección: http://cms.uflib.ufl.edu/maps/Index.aspx


El Reino de Kongo estaba situado en África centro-occidental, en una región que actualmente comprende partes del norte de Angola, la República Democrática del Congo y la República del Congo. En su periodo de mayor extensión, el reino llegó a ocupar un amplio territorio entre el océano Atlántico y el río Kwango. Durante su apogeo fue uno de los Estados políticos más importantes y poderosos de África centro-occidental, con una estructura política centralizada y una economía vinculada al comercio regional.


Diogo Cão

Los portugueses fueron los primeros europeos en establecer contacto con el Reino de Kongo. En 1482, el navegante portugués Diogo Cão inició una expedición por la costa occidental de África por orden del rey Juan II de Portugal. En 1483 llegó a la desembocadura del río Congo, donde entró en contacto con habitantes del Reino de Kongo y con las autoridades de la provincia de Soyo. El contacto inicial fue aparentemente amistoso y permitió establecer las primeras relaciones entre portugueses y congoleños.

El soberano del Kongo era entonces Nzinga a Nkuwu, conocido posteriormente por su nombre cristiano de João I. Durante estos primeros contactos, Diogo Cão llevó consigo a Portugal a algunos notables del Kongo. Las fuentes no son completamente coincidentes sobre las circunstancias de su traslado: algunas interpretaciones señalan que viajaron voluntariamente, mientras que otras indican que fueron retenidos como garantía para asegurar el regreso de unos emisarios portugueses enviados hacia el interior.

Estos primeros contactos dieron lugar a un intercambio de embajadas entre el Reino de Kongo y Portugal. Los congoleños que llegaron a Portugal conocieron la lengua y las costumbres portuguesas, y posteriormente regresaron al Kongo. A partir de estos contactos se desarrolló una relación diplomática cada vez más estrecha entre ambos Estados, que tendría una importancia decisiva durante los reinados de Nzinga a Nkuwu y, posteriormente, de su hijo Mvemba a Nzinga, conocido como Afonso I.


Nzinga Nkuwu, de 
Pierre Duflos de su obra Histoire des Voyages

La relación entre el Reino de Kongo y Portugal se estrechó durante los años posteriores al primer contacto. Una delegación congoleña llegó a Portugal y regresó posteriormente al Kongo, y entre 1488 y 1490 tuvo lugar una importante embajada congoleña a la corte portuguesa. Los contactos diplomáticos y religiosos fueron adquiriendo cada vez mayor importancia. En 1491 llegaron al Kongo misioneros y religiosos portugueses, acompañados por personas encargadas de transmitir conocimientos y técnicas europeas.

Ese mismo año, el rey Nzinga a Nkuwu fue bautizado y adoptó el nombre cristiano de João, pasando a ser conocido en las fuentes portuguesas como João I de Kongo. La conversión del soberano tuvo una gran importancia política y religiosa y estuvo acompañada por la conversión de miembros de la élite congoleña. Sin embargo, no debemos interpretar este proceso como una sustitución inmediata y completa de las creencias tradicionales por el cristianismo. El cristianismo que se desarrolló en Kongo adquirió características propias y fue incorporado dentro de las estructuras políticas, sociales y religiosas del reino.

Entre los miembros de la familia real que adoptaron el cristianismo se encontraba Mvemba a Nzinga, hijo de Nzinga a Nkuwu, que recibió el nombre cristiano de Afonso. A diferencia de su padre, Afonso mantendría su adhesión al cristianismo y posteriormente desempeñaría un papel fundamental en su expansión dentro del Reino de Kongo.

La conversión de Nzinga a Nkuwu no fue definitiva. Con el tiempo, el rey abandonó el cristianismo y volvió a las prácticas religiosas tradicionales. Las razones de este cambio son objeto de interpretación histórica y no deberían reducirse a una única causa. Las investigaciones sobre la religión y el poder en el Kongo de este periodo señalan la importancia de las concepciones congoleñas sobre la autoridad, el poder sobrenatural y la función religiosa del soberano. La conversión de un rey no suponía, por tanto, únicamente un cambio de creencia personal, sino que podía afectar a las relaciones políticas y religiosas de todo el reino.

A la muerte de Nzinga a Nkuwu, se produjo una disputa por la sucesión entre sus hijos. Mvemba a Nzinga, conocido posteriormente como Afonso, se enfrentó a su hermano Mpanzu a Nzinga. La lucha por el trono terminó con la victoria de Afonso, que se convertiría en uno de los monarcas más importantes de la historia del Reino de Kongo.

El propio Afonso atribuyó su victoria a la intervención divina. En una carta posterior relató que, antes de la batalla, aparecieron en el cielo una cruz y Santiago, identificado por la tradición cristiana como un santo asociado a la guerra. Este relato fue utilizado por Afonso como una manifestación del favor divino hacia su causa. No obstante, no podemos afirmar como un hecho histórico que la aparición correspondiera realmente a soldados portugueses a caballo; esa interpretación pertenece al terreno de las hipótesis y debe distinguirse del relato transmitido por el propio Afonso.

Alfonso I de Congo, de Carl Owens

escudo de armas de Alfonso I, puede consultarse en  Livro da Nobreza e da perfeicao das armas


















Alfonso I sube al trono, según las crónicas, “por la gracia de Dios”. Desde el principio de su reinado se muestra como un monarca profundamente comprometido con el cristianismo, con la idea de fortalecer los vínculos con Europa y, especialmente, con Portugal. También aparece asociado a un escudo de armas de tradición europea que utilizó como símbolo de su autoridad y de la nueva identidad cristiana que pretendía proyectar para el Reino de Kongo.

Por lo que se sabe, Alfonso I fue un hombre dinámico, que se embarcó en la cristianización de su pueblo y en la creación de vínculos cada vez más estrechos con Europa. Pronunciaba discursos públicos y en sus correspondencias con el rey de Portugal hablaba de sus esfuerzos para conseguir conversiones. Su compromiso con la nueva religión llegó también a expresarse mediante la destrucción pública de objetos de culto tradicionales, que las fuentes portuguesas describen como “ídolos” y que en el contexto religioso del Kongo estaban relacionados con los minkisi. En algunos casos estos objetos fueron sustituidos por cruces y otros símbolos cristianos que eran entregados a los jefes locales. Estas actuaciones hicieron crecer su fama en Portugal, donde llegó a proyectarse la imagen de un rey especialmente devoto y propagador de la fe. El sacerdote portugués Rui de Aguiar, que residía en Kongo, llegó incluso a elogiar los conocimientos cristianos del monarca, señalando que Afonso había alcanzado un conocimiento de la fe que podía incluso enseñar a los propios portugueses.

Alfonso I logró que buena parte de la nobleza y de las élites tradicionales siguieran su política religiosa. Pero, pese a las evidentes intenciones religiosas, también había motivos políticos de por medio. Alfonso comprendió que el cristianismo, la escritura y la educación podían servir para fortalecer la autoridad de la monarquía y crear una nueva élite capaz de desenvolverse tanto dentro de las estructuras del Reino de Kongo como en sus relaciones con Europa. Por ello impulsó escuelas en las que los estudiantes, especialmente miembros de las familias nobles, recibían formación religiosa, pero también conocimientos de lectura y escritura. Los sacerdotes y otros colaboradores portugueses participaron en este proceso, aunque una parte cada vez mayor de la enseñanza acabaría quedando en manos de congoleños cristianizados y alfabetizados.

Entre las personas relacionadas con este proyecto se encontraba Rui de Aguiar, sacerdote portugués y capellán vinculado a la corte. En una carta de 1516 dirigida al rey Manuel I, Aguiar elogió el conocimiento que Afonso tenía de la doctrina cristiana. Para el monarca, la educación tenía una importancia que iba más allá de la religión: pretendía formar personas capaces de ocupar responsabilidades dentro del reino y reforzar los vínculos diplomáticos y culturales con Portugal. Alfonso llegó incluso a enviar a jóvenes congoleños a Europa para completar su formación.

Entre los jóvenes enviados se encontraba su propio hijo, Kinu a Mvemba, conocido por su nombre cristiano de Henrique. Henrique fue enviado a Portugal siendo todavía joven y recibió allí una formación que acabaría llevándolo hasta Roma. El proyecto de Alfonso era ambicioso: quería que su reino dispusiera de una Iglesia cristiana con miembros procedentes de la propia sociedad congoleña y, en última instancia, que el Kongo pudiera contar con su propia jerarquía eclesiástica.

Henrique Kinu a Mvemba fue nombrado por el papa León X, el 5 de mayo de 1518, obispo titular de Utica, antigua ciudad situada en el actual territorio de Túnez. Debido a su juventud fue necesaria una dispensa de la edad canónica exigida para acceder al episcopado. Henrique tenía entonces aproximadamente 23 o 24 años, según las fuentes utilizadas para reconstruir su biografía. Su título de obispo de Utica era un título episcopal titular, es decir, no implicaba que tuviera que ejercer su autoridad en la antigua ciudad de Utica, que ya no constituía una diócesis activa.

Pero Henrique no quedó simplemente como un obispo titular alejado del Kongo. El Reino de Kongo había quedado bajo la jurisdicción eclesiástica del obispado de Funchal, creado en Madeira en 1514 dentro del sistema portugués de patronato. Henrique fue nombrado también obispo auxiliar de Funchal, con residencia en el Kongo, donde debía ejercer su misión entre sus propios compatriotas. Esta situación era precisamente una de las aspiraciones de Alfonso: disponer de una autoridad eclesiástica vinculada directamente al reino y que pudiera contribuir a la formación de una Iglesia congoleña.

Henrique recibió finalmente la ordenación sacerdotal en 1520 y fue consagrado obispo en 1521, una vez alcanzada la edad necesaria. Ese mismo año regresó al Reino de Kongo, acompañado por varios religiosos que debían ayudarle en su labor. De este modo, se convirtió en una figura fundamental para el proyecto de Alfonso I de desarrollar una Iglesia cristiana arraigada en la propia sociedad congoleña.

El nombramiento de Henrique tiene además una importancia histórica extraordinaria. Fue el primer miembro indígena del África subsahariana en alcanzar la dignidad episcopal dentro de la Iglesia católica. Esto no significa que fuera el primer obispo africano de la historia del cristianismo, ya que el cristianismo llevaba muchos siglos presente en regiones como Egipto, Nubia y Etiopía, donde existieron obispos, monjes, patriarcas y otras autoridades eclesiásticas africanas. Lo que hace excepcional a Henrique es que fue el primer obispo indígena conocido procedente del África subsahariana en la época moderna.

Una vez de regreso en el Kongo, Henrique quedó vinculado a la organización de la Iglesia congoleña y a la formación religiosa de la población. Alfonso esperaba incluso que su hijo pudiera convertirse en el futuro cabeza de una Iglesia propia del reino, independiente de la dependencia eclesiástica portuguesa. Sin embargo, estas aspiraciones encontraron resistencia por parte de las autoridades portuguesas, que pretendían conservar el control sobre la organización de la Iglesia en sus territorios africanos.

Henrique moriría en el Reino de Kongo en 1531. Su muerte puso fin prematuramente a una figura que había representado uno de los proyectos más ambiciosos de Alfonso I: formar una élite cristiana congoleña, crear un clero propio y conseguir que el Reino de Kongo tuviera una relación más directa con Roma, sin depender completamente de las autoridades eclesiásticas portuguesas.


misioneros capuchinos en Congo
Como parte del progreso de los vínculos con Europa, Alfonso introdujo y favoreció las típicas festividades de carácter religioso cristiano, además de impulsar la construcción de iglesias y el desarrollo de hermandades religiosas que organizaban procesiones y otras ceremonias. También se produjo una adaptación de determinadas categorías de la nobleza y de la organización política del Congo a conceptos reconocibles para los europeos: algunas dignidades locales fueron traducidas o equiparadas por los portugueses a títulos nobiliarios europeos, mientras que miembros de las élites adoptaron nombres cristianos de origen portugués, símbolos heráldicos y determinadas formas de vestimenta y representación propias de la cultura europea. Todo ello formaba parte de un proceso de transformación de las élites congoleñas que no significó, sin embargo, la desaparición inmediata de las tradiciones propias del reino.

Alfonso I mantuvo una intensa correspondencia con los reyes de Portugal, primero con Manuel I y posteriormente con Juan III. A su vez, los oficiales, comerciantes y portugueses establecidos en África enviaban información a la Corona portuguesa sobre las políticas y ambiciones del monarca congoleño. Con el paso de los años comenzaron a aparecer los primeros desacuerdos y choques importantes, y uno de los principales motivos fue la trata de esclavos.

Alfonso escribió varias cartas a Portugal, especialmente durante 1526, denunciando lo que consideraba violaciones de las leyes de su reino. En ellas condenaba las actuaciones de determinados portugueses relacionadas con la obtención de esclavos. No se trataba de que el Reino de Congo hubiera prohibido la esclavitud: esta institución ya existía dentro de la sociedad congoleña y podía producirse, entre otras circunstancias, como consecuencia de guerras y cautiverios. El problema era que la expansión de la trata atlántica estaba transformando profundamente esas prácticas y aumentando los incentivos para conseguir personas que pudieran ser vendidas a los comerciantes europeos.

Los portugueses establecidos en las regiones próximas al Congo y Angola no se limitaron únicamente a comprar esclavos a intermediarios africanos. En determinadas circunstancias participaron también directamente en expediciones de captura, mientras que en otras ocasiones recurrieron a colaboradores locales para conseguir personas que posteriormente eran entregadas a los comerciantes portugueses. Estas prácticas podían afectar directamente al Reino de Congo, ya que personas libres eran capturadas y vendidas como esclavos, incluso cuando no existía una base legal para reducirlas a esclavitud según las normas congoleñas.

Alfonso I consideraba que aquello suponía una violación de su autoridad. En sus cartas de 1526 denunció que personas libres eran secuestradas y que entre las víctimas podían encontrarse nobles, hijos de nobles y personas relacionadas con la propia familia real. Para el monarca, por tanto, la cuestión no era solamente religiosa o económica: también era una cuestión de soberanía. Los portugueses y sus colaboradores estaban introduciendo en el comercio atlántico a personas que Alfonso consideraba súbditos libres del Reino de Congo.

El problema, además, no era completamente nuevo. Ya en 1514 Alfonso había recurrido a portugueses establecidos en su reino para reforzar sus campañas militares. Algunos de estos portugueses ofrecían sus servicios como soldados y mercenarios y contaban con una ventaja militar muy importante para la época: el conocimiento y utilización de armas de fuego. No todos estos portugueses estaban directamente subordinados al Gobierno de Portugal; algunos eran comerciantes, marineros, aventureros o soldados que se habían establecido en el Congo y que podían ofrecer sus servicios directamente al Manikongo.

Esta situación resulta especialmente interesante porque demuestra la complejidad de las relaciones entre portugueses y congoleños. Alfonso necesitaba a algunos de ellos para sus campañas militares, para el conocimiento de las armas de fuego y para mantener sus relaciones con Europa, mientras que otros portugueses estaban implicados en actividades comerciales que el propio rey consideraba perjudiciales para su reino. De esta relación surgiría posteriormente una mayor incorporación de las armas de fuego a las fuerzas militares del Congo y la aparición de militares congoleños familiarizados con su utilización.

Alfonso I quería establecer un mayor control sobre la cuestión de los esclavos. En 1526 llegó incluso a crear una comisión encargada de comprobar si las personas que los portugueses compraban habían sido reducidas legalmente a esclavitud o si, por el contrario, eran personas libres que habían sido capturadas ilegalmente. Esto demuestra que Alfonso no pretendía abolir la esclavitud como institución, sino controlar quién podía ser legítimamente esclavizado y evitar que sus propios súbditos fueran secuestrados y vendidos.

El problema alcanzó un punto especialmente delicado durante 1526. Alfonso escribió al rey Juan III denunciando las actividades de los comerciantes portugueses y solicitando su intervención. El monarca consideraba que el comercio estaba escapando cada vez más al control de las autoridades congoleñas y que los intereses de los traficantes estaban poniendo en peligro la estabilidad de su reino. La situación era todavía más delicada porque el propio Alfonso necesitaba mantener sus relaciones con Portugal debido a los vínculos religiosos, diplomáticos, comerciales y militares que había construido durante su reinado.

El problema podía alcanzar incluso a personas que habían sido enviadas a Portugal precisamente para estudiar. Las fuentes posteriores sobre el reinado de Alfonso señalan que en 1539 el monarca descubrió que diez familiares que había enviado a Portugal con la intención de que recibieran educación nunca habían llegado a su destino y habían sido desviados para trabajar como esclavos. El episodio resulta especialmente significativo porque muestra que las redes de esclavización podían afectar incluso a personas pertenecientes a las élites y relacionadas con la propia casa real.

Por eso, el conflicto entre Alfonso I y los portugueses no debe interpretarse simplemente como una oposición entre un rey africano que quería abolir la esclavitud y unos europeos que querían introducirla. La realidad era mucho más compleja. La esclavitud ya existía en el Congo antes de la llegada de los portugueses, pero la expansión de la trata atlántica transformó profundamente su escala, sus incentivos económicos y sus consecuencias sociales. Alfonso intentaba mantener bajo control de la Corona quién podía ser reducido legalmente a esclavitud y, sobre todo, impedir que personas libres de su reino fueran capturadas y exportadas.

Una pequeña cuestión que hay que tener en cuenta es que la relación entre cristianismo y esclavitud en el mundo atlántico era igualmente compleja. Las bulas papales concedidas a Portugal durante el siglo XV, especialmente Dum Diversas, de 1452, y Romanus Pontifex, de 1455, proporcionaron una legitimación religiosa y jurídica a determinadas guerras de conquista y a la reducción a servidumbre de poblaciones consideradas paganas o enemigas de la Cristiandad. La expansión portuguesa en África quedó vinculada de esta manera a una mentalidad de conquista, evangelización y guerra contra los enemigos de la fe, dentro de una tradición que procedía en parte de la idea medieval de cruzada.

Esto no significa que la Iglesia católica tuviera una posición única e inmutable según la cual todos los africanos podían ser esclavizados. Las posiciones jurídicas y religiosas fueron cambiando y existieron también voces y disposiciones que cuestionaron determinadas formas de esclavización. Sin embargo, aquellas autorizaciones papales proporcionaron a Portugal un marco que podía ser utilizado para justificar la conquista y esclavización de determinados pueblos africanos no cristianos.

La realidad sobre el terreno era todavía más compleja. No todos los habitantes del Congo eran cristianos, pero tampoco todos los africanos que fueron esclavizados eran paganos. El propio Reino de Congo se había convertido al cristianismo a finales del siglo XV y, durante el reinado de Alfonso I, existía ya una importante población congoleña cristianizada, incluyendo miembros de la nobleza y de la propia familia real. Alfonso, siendo él mismo un monarca cristiano, denunció que portugueses y colaboradores locales estaban capturando y esclavizando a personas libres de su reino.

La conversión al cristianismo tampoco garantizaba en todos los casos que una persona africana quedara a salvo de la esclavización. Esto puede comprobarse posteriormente en América. El jesuita Alonso de Sandoval, que trabajó en Cartagena de Indias durante el siglo XVII, dejó constancia de que entre los africanos esclavizados que llegaban al puerto había personas que ya habían recibido el bautismo. Muchos procedían de regiones de África centro-occidental como Loanda y otros territorios donde el cristianismo llevaba generaciones establecido. Sandoval se encontró precisamente con el problema de que algunos esclavizados llegaban ya bautizados, mientras que otros habían recibido el bautismo sin una verdadera instrucción cristiana.

Por tanto, la historia del Congo muestra una contradicción bastante importante del mundo atlántico de aquellos siglos: la expansión del cristianismo africano podía coexistir con la expansión de la esclavitud. Alfonso I fue precisamente uno de los ejemplos más llamativos de esta contradicción. Era un rey africano cristiano, aliado de Portugal y uno de los principales impulsores de la evangelización del Congo, pero al mismo tiempo tuvo que denunciar ante los propios portugueses que comerciantes y colaboradores locales estaban capturando ilegalmente a personas libres de su reino para introducirlas en el creciente comercio atlántico de esclavos.

Como parte del progreso de vínculos con Europa, Alfonso introdujo las festividades de carácter religioso cristiano, más también incorporó títulos de la nobleza congoleña que podían equipararse a títulos europeos, como duque o conde. La nobleza adoptó nombres de origen europeo, escudos de armas e incluso determinadas modas en el vestuario. También continuó la construcción de iglesias y la creación de hermandades religiosas encargadas de organizar procesiones y otras actividades religiosas.

Alfonso I mantuvo correspondencia con los reyes de Portugal, desde Manuel I hasta João III. Estos, a su vez, recibían información de oficiales, comerciantes y portugueses establecidos en África sobre la situación del Congo y sobre las ambiciones del propio Alfonso. Con el paso de los años comenzaron a aparecer desacuerdos cada vez más importantes, especialmente por la cuestión de la trata de esclavos y por el grado de autoridad que los portugueses pretendían ejercer dentro del reino.

Hay que recordar que Alfonso no había solicitado que Portugal gobernara el Congo. El rey congoleño quería mantener relaciones diplomáticas, religiosas, comerciales y militares con Portugal, pero defendiendo al mismo tiempo la soberanía del Manikongo y las leyes propias del reino.

Por ejemplo, durante el reinado del rey Manuel I, Alfonso solicitó que Portugal enviara un representante que ayudara a poner orden entre determinados portugueses establecidos en el Congo. Manuel I envió en 1512 a un representante portugués con instrucciones relacionadas con la evangelización, la organización de las actividades portuguesas y otros asuntos del reino.

El problema fue que las instrucciones portuguesas podían entrar en conflicto con la autoridad del Manikongo. Alfonso I no fue especialmente receptivo al llamado regimento portugués y defendió las leyes propias del Congo frente al intento de introducir normas portuguesas. Para Alfonso, aceptar que las leyes portuguesas fueran aplicadas directamente sobre sus súbditos podía significar reconocer una autoridad portuguesa dentro de su propio reino, algo que el monarca congoleño no estaba dispuesto a aceptar.

Esto demuestra que la relación entre Congo y Portugal no puede entenderse simplemente como la de un reino africano que recibió pasivamente instituciones europeas. El Congo ya poseía sus propias estructuras políticas, administrativas, jurídicas y sociales. Alfonso incorporó determinados elementos europeos cuando los consideraba útiles para su proyecto político, pero no estaba dispuesto a renunciar a la autoridad del Manikongo.

El principal problema que terminaría provocando mayores enfrentamientos sería la trata de esclavos.

No hay que confundir aquí diferentes realidades. La esclavitud ya existía en el Congo antes de la llegada de los portugueses y formaba parte de las estructuras sociales y políticas de diferentes sociedades africanas. Alfonso I no estaba intentando abolir universalmente la esclavitud dentro de su reino.

Lo que Alfonso denunciaba era otra cuestión: la captura y venta de personas que, según las leyes del Congo, eran libres, incluidos súbditos del rey, hijos de nobles, miembros de familias importantes e incluso personas relacionadas con la propia familia real.

Los portugueses establecidos en las costas de África participaron en diferentes formas de obtención de esclavos. Algunas expediciones de captura fueron realizadas por iniciativa de comerciantes, aventureros, soldados o grupos portugueses que actuaban por sus propios intereses, mientras que en otros momentos existieron presiones de las autoridades portuguesas para mantener el suministro de esclavos que demandaban los mercados atlánticos.

Esta situación afectaba directamente al Congo. Las razzias y redes de captura podían alcanzar territorios vinculados al reino y provocar que habitantes libres fueran secuestrados y posteriormente vendidos a comerciantes portugueses.

Al mismo tiempo, determinados portugueses se habían establecido dentro del propio Congo. Algunos trabajaron para Alfonso y ofrecieron sus servicios militares al Manikongo. Entre ellos había hombres especializados en armas de fuego, incluyendo arcabuceros. Muchos eran comerciantes, soldados, marineros o aventureros que habían creado sus propias relaciones con el reino y no necesariamente actuaban siguiendo órdenes directas del gobierno portugués.

Esto explica una aparente contradicción: Alfonso podía utilizar portugueses como soldados y colaboradores mientras, al mismo tiempo, denunciaba ante el rey de Portugal las actuaciones de otros portugueses que perjudicaban al Congo.

La situación se complicó todavía más porque el comercio atlántico de esclavos estaba creciendo rápidamente. Los portugueses eran uno de los principales proveedores de personas esclavizadas para los mercados americanos y, posteriormente, también existió una importante demanda procedente de los territorios americanos de la Monarquía Hispánica. Esto no significa que España dirigiera directamente las razzias portuguesas en África: los portugueses constituían uno de los principales proveedores de esclavos para esos mercados americanos.

Alfonso intentó controlar este fenómeno dentro de sus fronteras.

Una de las pruebas más importantes se encuentra en las cartas que escribió al rey João III de Portugal en 1526.

La carta de Alfonso I a João III de Portugal de 6 de julio de 1526

El 6 de julio de 1526, Alfonso I escribió una importante carta al rey João III de Portugal denunciando los problemas provocados por determinados comerciantes portugueses y por la captura de sus súbditos.

La carta constituye una fuente primaria excepcional porque permite conocer directamente la posición del propio soberano congoleño.

La siguiente es una traducción propia del documento portugués, procurando conservar el sentido del texto original:

Al muy poderoso y excelente príncipe Don João, nuestro hermano:

El día 20 del pasado mes de junio recibimos noticia de que un navío mercante de vuestra alteza había llegado a nuestro puerto de Soyo. Nos alegramos mucho de aquella llegada, pues habían pasado muchos días desde que un barco había venido a nuestro reino y, por medio de él, podríamos recibir noticias de vuestra alteza, que muchas veces habíamos deseado conocer.

Y asimismo teníamos una gran necesidad de vino y harina para el Santo Sacramento, de lo cual tenemos frecuentemente necesidad, pero habíamos tenido poca esperanza de recibirlo debido a la gran negligencia de los oficiales de vuestra alteza hacia nosotros y hacia el envío de aquellas cosas.

Señor, vuestra alteza debe saber cómo nuestro reino se está perdiendo de muchas maneras y que es conveniente proporcionar el remedio necesario, pues esto es causado por la excesiva libertad que vuestros agentes y oficiales conceden a los hombres y mercaderes que vienen a este reino para establecer tiendas con mercancías y muchas cosas que nosotros hemos prohibido, y que ellos distribuyen por nuestros reinos y dominios en tal abundancia que muchos de nuestros vasallos, a quienes teníamos en obediencia, ya no cumplen con ella, porque poseen estas cosas en mayor abundancia que nosotros mismos.

Y era mediante estas cosas que nosotros los manteníamos contentos, sujetos y bajo nuestro vasallaje y jurisdicción; por lo que esto causa un gran daño no solamente al servicio de Dios, sino también a la seguridad y a la paz de nuestros reinos y de nuestro Estado.

Y no podemos calcular cuán grande es el daño, pues cada día los mencionados mercaderes se llevan a nuestros naturales, hijos de esta tierra, hijos de nuestros fidalgos y vasallos y nuestros parientes, porque los ladrones y hombres de mala conciencia los roban, deseando obtener las cosas y mercancías de este reino que ambicionan; los roban y los llevan para venderlos.

Y tan grande, Señor, es esta corrupción y depravación que nuestra tierra está quedando completamente despoblada, y vuestra alteza no debe considerar esto bueno ni como algo que redunde en vuestro servicio.

Y para evitarlo no tenemos necesidad de esos vuestros reinos más que de sacerdotes y algunas pocas personas para enseñar en las escuelas, y de ninguna otra mercancía excepto vino y harina para el Santo Sacramento.

Por ello rogamos a vuestra alteza que nos quiera ayudar y favorecer en este asunto, ordenando a sus factores que no envíen aquí ni mercaderes ni mercancías, porque es nuestra voluntad que en estos reinos no haya trato de esclavos ni salida para ellos, por las razones anteriormente expuestas.

Nuevamente rogamos a vuestra alteza que esté de acuerdo con ello, pues de otro modo no podemos remediar un daño tan manifiesto.

Que Nuestro Señor, en su misericordia, tenga siempre a vuestra alteza bajo su protección y permita que siempre hagáis las cosas de su santo servicio.

Besa muchas veces las manos de vuestra alteza.

De nuestra ciudad de Congo, escrita el sexto día de julio de 1526.

El Rey, Dom Afonso.

João Teixeira la escribió.

La carta continúa explicando el problema con mayor detalle. Alfonso denuncia que algunos habitantes del Congo, deseosos de obtener las mercancías portuguesas, estaban capturando a personas libres para venderlas a los portugueses.

Entre las víctimas, según la propia carta, se encontraban personas libres, hijos de nobles, hijos de vasallos e incluso familiares del rey. Alfonso afirma que algunos eran escondidos o trasladados durante la noche para evitar ser reconocidos.

Una vez que llegaban a manos de los portugueses, podían ser marcados con hierro antes de ser embarcados.

Alfonso también explica que había establecido un procedimiento para intentar impedir estos abusos. Los portugueses que quisieran comprar personas debían presentar previamente a esas personas ante determinados funcionarios congoleños, encargados de determinar si realmente eran esclavos o si eran personas libres.

Entre los funcionarios mencionados aparecen Dom Pedro Manipanza, Dom Manuel Manissaba y Gonçalo Pires, quienes debían comprobar la condición de las personas antes de que pudieran ser adquiridas y embarcadas.

Esto es especialmente importante porque demuestra que Alfonso no estaba afirmando que toda esclavitud fuera ilegal. Lo que defendía era la autoridad del Estado congoleño para determinar quién podía ser esclavizado y quién era legalmente libre.

Si los funcionarios congoleños determinaban que una persona era legítimamente esclava, no debía existir impedimento para su venta y traslado. Pero si era una persona libre, los portugueses no podían simplemente comprarla a cualquier individuo y convertirla en mercancía.

Por tanto, la carta muestra claramente que Alfonso estaba intentando controlar la trata y proteger a los súbditos libres del Congo frente a las capturas ilegales.

Además, Alfonso no pretendía romper las relaciones con Portugal. La propia carta demuestra lo contrario. El rey seguía solicitando sacerdotes, maestros y determinadas mercancías necesarias para el culto católico.

Su objetivo era seleccionar qué elementos procedentes de Portugal eran beneficiosos para el Congo y controlar aquellos que podían perjudicar al reino.

Las cartas de 1526 son particularmente importantes porque muestran que Alfonso era consciente de que la presencia portuguesa podía tener consecuencias negativas para la soberanía congoleña. El rey quería mantener relaciones con Portugal, pero dentro de unas condiciones que respetaran las leyes y la autoridad del Manikongo.

En este sentido, la carta del 6 de julio no debe interpretarse como una simple petición de ayuda a un monarca europeo. Alfonso está hablando con otro soberano desde la posición de un rey que considera que determinados portugueses están violando las leyes de su propio Estado.

En 1526 Alfonso escribió además otras cartas a João III, entre ellas las fechadas el 25 de agosto y el 18 de octubre, por lo que las denuncias de ese año forman parte de una correspondencia más amplia y no deben atribuirse todas a una única carta.

La documentación también permite comprobar que Alfonso no rechazaba los conocimientos europeos. En otra de las cartas de 1526 solicitó médicos, cirujanos, boticarios y medicamentos. Esto vuelve a mostrar que su política consistía en utilizar aquellos elementos europeos que consideraba útiles para su reino.

La posición de Alfonso era, por tanto, mucho más compleja que una simple aceptación o rechazo de Europa.

El rey podía ser profundamente cristiano, mantener correspondencia con los monarcas portugueses, solicitar sacerdotes y maestros, utilizar soldados portugueses y enviar miembros de su familia a estudiar a Europa, pero al mismo tiempo defender las leyes congoleñas y rechazar cualquier intento de someter jurídicamente al Congo a Portugal.

La cuestión de los esclavos llegó a convertirse en uno de los grandes puntos de fricción entre ambos reinos.

También es importante señalar que la conversión al cristianismo no protegía necesariamente a los africanos frente a la esclavización. Existieron africanos cristianos entre las personas trasladadas por la trata atlántica. La documentación posterior de autores como Alonso de Sandoval muestra precisamente la existencia de africanos cristianos entre las personas esclavizadas que llegaban a América.

Esto demuestra que no podemos presentar la trata atlántica simplemente como una cuestión de europeos cristianos esclavizando africanos paganos. La realidad histórica fue mucho más compleja. Hubo africanos cristianos que fueron esclavizados, y el propio Alfonso I, siendo un monarca cristiano, denunciaba que personas libres de su reino estaban siendo capturadas y vendidas.

También existieron debates teológicos y jurídicos en Europa sobre la esclavización de los indígenas americanos. La Corona española promulgó diferentes disposiciones destinadas a proteger jurídicamente a los indígenas, aunque en la práctica estas normas no siempre fueron respetadas. Paralelamente, la expansión de la trata africana convirtió a África en una fuente cada vez más importante de mano de obra esclavizada para las colonias americanas.

En el caso portugués, además, existieron formas de esclavización de indígenas americanos y africanos dentro de los espacios coloniales portugueses. Por ello tampoco debemos presentar una división absoluta entre un modelo español protector de los indígenas y un modelo portugués completamente diferente: ambos imperios desarrollaron sistemas coloniales que recurrieron a diferentes formas de trabajo forzado y esclavitud.

En África, las redes portuguesas de captura y comercio se desarrollaron en diferentes regiones, incluyendo Angola y Mozambique, y no todas las operaciones dependían directamente de órdenes de Lisboa. Comerciantes, soldados, aventureros y otros portugueses podían actuar por iniciativa propia, aunque formaban parte de un sistema económico atlántico en el que existía una enorme demanda de personas esclavizadas.

En el Congo, Alfonso intentó que esa actividad quedara sometida a las leyes del propio reino.

La situación llegó a generar fuertes enemigos para el Manikongo. Los portugueses que obtenían grandes beneficios de la trata no tenían interés en que Alfonso reforzara los controles ni en que las leyes congoleñas limitaran sus actividades.

Alfonso sufrió varios intentos de asesinato durante su reinado. Uno de los episodios más graves tuvo lugar en 1540, cuando sobrevivió a un atentado. Las luchas políticas internas y los intereses de diferentes grupos portugueses se mezclaron con las disputas existentes dentro de la propia élite congoleña.

No sería correcto afirmar que todos los problemas internos del Congo fueron provocados por Portugal, pero sí resulta evidente que la presencia portuguesa y el comercio atlántico se convirtieron en nuevos factores de poder dentro de las luchas políticas del reino.

Alfonso I moriría a finales de 1542 o comienzos de 1543, sin que podamos establecer con absoluta seguridad una fecha exacta. Después de su muerte continuarían las disputas por la sucesión y los conflictos entre diferentes sectores de la nobleza congoleña, mientras la presencia portuguesa y la trata atlántica seguían aumentando su influencia en la región.

La trata de esclavos sería uno de los factores que contribuirían al deterioro de las relaciones entre Congo y Portugal, aunque no puede considerarse por sí sola la causa de la posterior decadencia del reino. Las luchas sucesorias, las rivalidades internas, las transformaciones económicas, las guerras y la creciente intervención de fuerzas exteriores también tuvieron una importancia fundamental.

Alfonso I pasa a la historia como uno de los grandes soberanos africanos de comienzos de la Edad Moderna.

Fue un rey reformador que intentó fortalecer su Estado, desarrollar la educación de sus élites, impulsar el cristianismo y establecer relaciones diplomáticas con Europa.

Pero Alfonso no se limitó a copiar modelos europeos.

Seleccionó aquellos elementos que consideraba útiles para el Congo y rechazó o intentó limitar aquellos que podían perjudicar su soberanía. Utilizó sacerdotes, maestros, artesanos y soldados portugueses, pero defendió las instituciones congoleñas. Adoptó elementos culturales y religiosos europeos, pero mantuvo la autoridad política del Manikongo. Mantuvo relaciones diplomáticas con Portugal, pero protestó cuando los portugueses violaban las leyes de su reino.

Por eso, la historia de Alfonso I también puede entenderse como la historia de un soberano africano intentando desenvolverse ante la aparición de un nuevo mundo atlántico sin renunciar a la independencia de su Estado.

El Congo no era un territorio africano vacío de instituciones al que los portugueses llegaran para enseñarle a gobernar. Era un reino organizado que existía antes de la llegada portuguesa, con sus propias estructuras políticas, económicas, sociales, militares y religiosas.

Alfonso incorporó elementos europeos dentro de un proyecto político propio, utilizando las relaciones con Portugal para fortalecer el reino y, al mismo tiempo, defendiendo sus leyes y la autoridad del Manikongo.

Por ello, Alfonso I debe ser recordado no simplemente como un rey africano que adoptó el cristianismo y estableció relaciones con Portugal, sino como un soberano del Congo que intentó utilizar las nuevas relaciones atlánticas en beneficio de su propio reino mientras defendía su soberanía frente a las presiones exteriores.

Su reinado constituye uno de los primeros grandes ejemplos documentados de un Estado subsahariano profundamente vinculado al cristianismo católico y a la diplomacia europea, pero que conservó una identidad política propia y una voluntad clara de defender su soberanía.

Para más información, datos a consultar

Fuentes primarias y documentales

AFONSO I DE KONGO, carta a João III de Portugal, 6 de julio de 1526. Archivo Nacional da Torre do Tombo, Corpo Cronológico, I-34-94.

AFONSO I DE KONGO, carta a João III de Portugal, 25 de agosto de 1526.

AFONSO I DE KONGO, carta a João III de Portugal, 18 de octubre de 1526.

BRÁSIO, António (ed.), Monumenta Missionaria Africana, 1.ª serie, vol. I, Lisboa, Agência Geral do Ultramar, 1952.

JADIN, Louis y DICORATO, Mireille (eds.), Correspondance de Dom Afonso, roi du Congo, 1506-1543, Bruxelles, Académie Royale des Sciences d'Outre-Mer, 1974.


Bibliografía histórica y académica

HEYWOOD, Linda M., “Slavery and its Transformation in the Kingdom of Kongo: 1491–1800”, The Journal of African History, vol. 50, n.º 1, 2009, pp. 1-22.

THORNTON, John K., “Early Kongo-Portuguese Relations: A New Interpretation”, History in Africa, vol. 8, 1981, pp. 183-204.

THORNTON, John K., “The Development of an African Catholic Church in the Kingdom of Kongo, 1491–1750”, The Journal of African History, vol. 25, n.º 2, 1984.

HILTON, Anne, The Kingdom of Kongo, Oxford, Clarendon Press, 1985.

THORNTON, John K., Africa and Africans in the Making of the Atlantic World, 1400–1800, Cambridge University Press, 1998.

SANDOVAL, Alonso de, De instauranda Aethiopum salute, 1627, fuente fundamental para el estudio posterior de los africanos esclavizados y de la presencia de cristianos entre ellos.

Investigación de Oumar Xavier.